LOST IN x oscar A. sÁnchez

Royal Air Maroc (MAR)

Una ventana que parece de avión pero no lo es, o sí lo es como también es el Zolpidem.

Ciudad de México, avión, Madrid, tren, Cádiz, flamenco, barco, Tánger.

45 minutos en ferri y solo 20 minutos más de datos europeos, se acabó. Dentro del barco hacemos una fila gigantesca para pasar uno por uno al lento escritorio donde nos sellan el pasaporte. Familias enormes. Por dentro ese ferri se quedó congelado en 1995. Gabinetes de colores pastel, muchos idiomas, nada en español. ¿Eres mexicano? ¿Me compras unos cigarros? Mal café, buen jugo de naranja.

Sentado junto a una diminuta ventana ovalada veo la costa española hundirse junto con la cobertura. 20 minutos más y llegamos. El nuevo puerto de Tánger es similar a esos intentos arquitectónicos modernos que hacemos en México para que al llegar los extranjeros no sientan que están entrando al infierno. Sí pero no. Tánger es como si Tepito tuviera puerto, un hormiguero, un laberinto lleno de accidentes sonoros casi poéticos, secretos en árabe, miradas y niños corriendo, un bar de marineros, ¡hermano!, 12 gramos de hachís, mal hachís, SIM en francés y/o árabe, 50 euros, ya he estado aquí, primera vez perdido en África.

 

Tánger es como si Tepito tuviera puerto, un hormiguero, un laberinto lleno de accidentes sonoros casi poéticos, secretos en árabe, miradas y niños corriendo…

Camino hacia el vacío, dan ganas de perderse, dan ganas de tirar la mochila por ahí y caminar como si supiera a dónde ir, convicción y la mirada perdida: claves que a veces ayudan y otras no. De chico mi técnica era escupir cuando andaba solo por la calle, me hacía sentir mayor. Dejó de funcionar porque dejé de escupir. El verdadero secreto es no mirar atrás. Nunca.

Una terraza como mirador y la calle pasarela, un té, un club sándwich con una noche de insomnio y delirio incluída. Con la cantidad de cosas que se ven desde aquí se podría escribir una película feliniana. En un diminuto callejón un niño descalzo recibe unas monedas, levanta la mano, mira al cielo, las besa y se deja caer al piso. Devoción.

A mi derecha un anciano bebe té en la misma mesa que yo, las moscas sobrevuelan nuestros vasos casi vacíos y los restos de mi club sandwich versión africana. A mi izquierda una gringa vestida con ropas pastiche recién compradas mira el espectáculo de la calle y hace como que escribe en una libreta de hojas rayadas recién comprada con un lápiz recién comprado, ya siento yo también la inspiración. ¡Tánger!

 

En un diminuto callejón un niño descalzo recibe unas monedas, levanta la mano, mira al cielo, las besa y se deja caer al piso. Devoción.

Tánger, camión económico, polvo, un hombre escupe en el pasillo, El Aaiún, Chefchaouen.

¡Hermano! Lo hicieron de nuevo. Me subo a una especie de combi pero para apenas 4 personas con un par de desconocidos que se sintieron identificados conmigo por mi color de piel y decidieron invitarme a una granja de marihuana a la mitad de la sierra, el Rif, segunda guerra de Marruecos. Si necesita reggaeton dale, pero versión reggae.
Re negociamos el plan y acordamos posponer el viaje a la sierra a cambio de ir por el mejor hachís de Marruecos a apenas unos metros de mi hostal. Plan perfecto.
Un camión recién volcado a la mitad de la carretera, un negro anciano con ropas viejas y rotas, apenas le quedan dientes pero su español no anda mal. Me regaña por comprar hachís de mala calidad, escupe: En Tánger tienen puerto y tienen buen pescado, pero aquí en Chaoen tenemos buen hachís porque tenemos montañas y tenemos marihuana.

El mejor hachís del mundo. El famoso pueblo azul, qué difícil es fotografiar un set tan socorrido.

Camión de “primera clase”, A/C, las montañas, el desierto, un oasis, pastores, una multitud apedreando a un hombre que corre a la mitad de un gran campo con un machete en la mano, huye, huye, Fez.

Más Medina, más gatos, más desperdicios de comida por aquí y por allá, unos pocos turistas franceses que legitiman el cliché de que este es un destino original, mezquitas. Devoción.

De Fez siempre tendré el recuerdo de haberme reencontrado, de haber delirado una noche entera empapado en fiebre sólo acompañado por los gemidos de una pareja de marroquíes y la certeza de que ese fue un buen momento para morir.

Los desayunos en la terraza y la mujer mayor francesa que conocí en uno de ellos. Hablamos de significados, de semejanzas, sonidos y de inversiones a largo plazo en Marruecos.

Airbnb acabará con todo. Quién fuera un gato.

De Fez a Marrakech mejor en avión, Royal Air Maroc, los 90 a tope, Casablanca, Marrakech.

Despegar en un aeropuerto a la mitad del desierto en África deja ver una nube gigante de arena que devora el horizonte. Otro gran momento para morir.

El centro de Marrakech es como la plaza de Garibaldi pero en lugar de mariachis hay encantadores de serpientes y en lugar de bares hay puestos de jugos de naranja, 7 dirhams para llevar o 6 para beber aquí en un vaso de vidrio que se lava al principio y al final del día.

Un hombre me regaló una pipa de opio por ser mexicano. Devoción infinita.

PHOTOGRAPHY
Oscar A. Sánchez

WORDS
Oscar A. Sánchez

@osarsg

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